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En Argentina, con una economía que fluctúa y la imposibilidad de llegar a fin de mes, la brecha sigue ahí. Algo de eso hay. ¿Por qué con las mismas condiciones materiales terminan en posiciones antitético?
La explicación cómoda es la económica: los chaval quedarse enojados porque no llegan, porque la morada propia es un chiste, porque el pendiente que les vendieron no apareció. En 2024 John Burn-Murdoch publicó en Financial Times un gráfico que mostraba cómo en los países más ricos las señora jóvenes se volcaban a la siniestra y los macho a la diestra.
quedarse en las antípodas. Pero lo material no explica por qué dentro de un mismo monoambiente alquilado, con el mismo sueldo y la misma precariedad, el varón y la mujer quedan parados en veredas antitético. Si todo fuera bolsillo, votarían parecido. ¿Y entonces?
Elizabeth Duval escribió en su ensayo Melancolía que la siniestra viene perdiendo la batalla de los afectos.
A los chaval que sienten que perdieron un punto, la ultraderecha les ofrece una historia donde ese punto todavía existe y donde alguien tiene la culpa de habérselos sacado. El punto no es original. La política se juega en las emociones antes que en la razón, y mientras el progresismo se dedicó a tener argumentos, a explicar con datos, a corregir, la diestra se quedó con lo difícil de refutar: las pasiones, la nostalgia, el relato.
Lo original de Duval está en la salida que propone, dejar de regodearse en el diagnóstico de la catástrofe y disputarle a la diestra las palabras cálidas, la idea misma de que un pendiente compartido puede dar alegría y no solamente miedo.
Los mandatos repartían los lugares —quién cuidaba, quién proveía, quién mandaba— y funcionaban como mapa, aunque injusto, te decía dónde estabas parado.
Porque lo que se perdió es el permiso para nombrar la desigualdad como natural. Lo que se quemó es el mapa, no el reparto. Contra la melancolía, una política de los afectos y del deseo, una felicidad que se construye en punto de una tristeza en la que refugiarse ante la pérdida.
La misma grieta abre alivio de un borde y orfandad del otro. La diferencia es que ahora pueden decir en voz alta que eso es una estafa, y mientras las pibas celebran que el mandato se cuestione, los chaval extrañan el tiempo en que los coronaba sin discusión. Las señora todavía cuidan más, cobran menos, vuelven con miedo de noche.
Y esa orfandad se llena con ritos.
En casi todas las culturas tradicionales había ritos para fabricar macho, porque la hombría no llega con una marca biológica como la menstruación, había que producirla con ceremonia. Lo que cambió es quién dirige la ceremonia. Hoy el rito se mudó al teléfono, a plataformas que aprendieron que lo que retiene no es la paz sino la indignación. Al chico se lo separaba del mundo de las señora y volvía hombre entre hombres.
Y eso es lo novedoso, porque la identidad no se construye en soledad. Un rito que no inicia en ningún borde, que te deja pedaleando en el aire. A los chaval el algoritmo les sirve chabones que tiran factos sobre cómo el feminismo los arruinó y a las pibas, el catálogo infinito de por qué los macho decepcionan. La pantalla es la nueva morada de hombres pero sin comunidad que espere del otro borde.
No para acordar en todo, ¡esa es la gracia!, sino para recordar que el pendiente se decide entre varios y no llega ya escrito desde una pantalla que nos quiere separados. Uno se vuelve alguien en el roce, en lo que el otro le devuelve, pero la época vende la fantasía contraria, que ser varón o mujer es un proyecto personal, algo que cada uno diseña como una marca. Nunca tuvimos tanta libertad declarada para construirnos, y nunca estuvimos tan solos haciéndolo.
Por eso hace falta volver a juntarse sin pantallas, a imaginar juntos qué queremos que sean los vínculos en diez años.
Imaginar un pendiente feliz es hoy el gesto más político que queda, y se hace de a muchos, o no se hace. El próximo encuentro es el 5 de julio en La morada de Lolita. Las entradas se pueden conseguir en este link https://www.
La autora forma parte de Futuras un espacio de pensamiento colectivo para personas cansadas de reaccionar a la época y con ganas de entenderla mejor.
passline. com/eventos/futuras.