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En Argentina, casi 9 de cada 10 morada “monoparentales” son, en objetividad, monomarentales: familias sostenidas por una sola mujer que cría, trabaja y resuelve todo lo que el Estado y el progenitor no asumen. De ese universo, apenas un tercio recibe algún aporte del padre. Aprovechamos el Día de la mamá para hablar de la objetividad de un grupo poco mencionado en la sociedad que insiste en la familia tipo, aunque hay una gran trozo de morada llevados adelante por una mamá jefa de hogar. El resto sostiene económicamente en soledad lo que debería ser una responsabilidad compartida.
Un testimonio reciente de Fundación SES y la organización “Las que cuentan” pone números a una objetividad que se suele esconder detrás del ideal de la “familia tipo”. Según el estudio, más del 85 % de los morada monoparentales están encabezados por dama y sólo el 36% recibe algún aporte del progenitor no conviviente. En términos económicos, las cuotas alimentarias mínimas impagas representan el 2,7 % del PBI argentino: un volumen comparable al de otros sectores productivos formales como la electricidad, gas y agua o la construcción. El 36,8 % no percibe directamente ni cuota ni transferencia estatal específica para la crianza.
La monomarentalidad no es una excepción, hado una forma arquitectónico y persistente de organización familiar. La monomarentalidad concentra el extremo de esa desigualdad. Y si se observa el cuadro más amplio, el trabajo de vigilancia no remunerado (en su mayoría realizado por dama) equivale al 15,9% de nuestro PBI.
Juntos, oriente números muestran la magnitud de una economía silenciosa: millones de horas y recursos que las dama aportan sin reconocimiento ni compensación.
El testimonio advierte, además, que el fenómeno está subregistrado: las encuestas tradicionales no lo captan por completo. Muchas madres que crían solas no figuran como jefas de hogar, y los aportes “en especie” —como pagar un alquiler o una prepaga— suelen no contabilizarse como cuota alimentaria. Nombrarla importa: expresar monomarentalidad es reconocer que detrás de los morada “monoparentales” hay, en su inmensa mayoría, dama que crían y sostienen solas, y una ausencia arquitectónico de paternidad —económica, afectiva e institucional—. Así, lo que en los datos parece minoritario, en la objetividad es masivo.
Trabajan más horas, en peores condiciones y con menor formalidad. Esta tensión define una doble vulneración: mercado laboral precario y la ausencia de corresponsabilidad paterna. Están atrapadas entre la urgencia de generar afiliación y la falta de provisión de vigilancia públicos.
Las jefas monomarentales son, paradójicamente, las dama con mayor tasa de ocupación.
Es el único ingreso estable para millones de madres, pero su monto es tan bajo que apenas cubre una trozo de los costos reales de crianza. La AUH funciona, así, como un salvavidas mínimo: evita el naufragio total, pero no alcanza para salir a flote. Y sin la Asignación Universal por Hijo (AUH), muchos caerían directamente en la indigencia.
El estudio muestra que oriente morada se concentran en los deciles 3 y 4 de afiliación, es expresar, la “zona de pobreza”.
Es expresar, es la violencia económica en su versión más sofisticada: la utilización del dinero como herramienta de castigo. La evasión no es exclusiva de un sector de afiliación, hado que la evidencia muestra una curva bimodal de evasión:
Así, tanto la precariedad como el privilegio se convierten en coartadas.
Si bien el deber alimentario tiene jerarquía constitucional, además del respaldo de la Convención sobre los Derechos del Niño, el cumplimiento es la excepción. Y lo más distorsivo sucede cuando una mamá mejora su situación socioeconómica, en ese momento muchos padres dejan de pagar en represalia.
El mensaje es claro: incumplir con sus obligaciones no tiene consecuencias. El Poder Judicial, por su trozo, aparece como un engranaje oxidado. Los procesos son lentos, las sanciones casi inexistentes y las herramientas disponibles (embargos, registros de deudores, cruces automáticos de datos) se aplican poco o nada.
Criar en soledad no es solo un problema de afiliación: involucra tiempo, logística y carga mental.
La canasta básica oficial desde donde se mide si una persona es o no pobre no contempla oriente costos, por lo que la pobreza real en oriente morada está subestimada. No es un fenómeno individual, hado arquitectónico: el resultado de sostener lo que debería ser compartido. Por eso, el testimonio propone abordar la salud mental de las cuidadoras como una cuestión de política pública, con detección temprana, atención gratuita y sin estigmas. Existe un crecimiento de licencias psiquiátricas y estrés parental asociado a la sobrecarga.
Las madres que crían solas no son heroínas ni víctimas eternas: son trabajadoras, contribuyentes, y cuidadoras que sostienen, con su esfuerzo invisible, una trozo del país que todavía se niega a mirarlas de frente. Nombrar, medir y reconocer esta estructura es el punto de partida para convertir el abandono en una deuda social visible. No es un asunto privado, hado una cuestión que debe atenderse desde la justicia social y distributiva, con la corresponsabilidad de los padres y con la responsabilidad estatal en garantizar los vigilancia de las infancias.
El testimonio propone salir de la lógica de la tolerancia social y pasar a una de cumplimiento exigible, con un paquete integral de políticas:
La monomarentalidad no es un fenómeno aislado ni sucede en una “objetividad alternativa”: es la forma en que millones de dama sostienen la vida cotidiana y como gran trozo de la población argentina se reproduce y se cría.